Si bien podríamos pensar que los recursos naturales
con los que cuenta nuestro país han sido una bendición,
la historia nos ha enseñado siempre lo contrario.
Alguna vez fue el caucho, otra vez el guano, hoy son los minerales.
Sin embargo cuando éstos se acaban, con ellos termina un ciclo económico
de bonanza y aparece esa odiosa debacle e incertidumbre que destruye
democracias y da origen a falsos caudillos.
Nos queda claro entonces que el crecimiento, la estabilidad y
la riqueza de un país nunca estará del lado de los recursos
naturales sino de los productos que se elaboren con ellos.
Por ello los suizos compran recursos como el cacao o el oro
y con ellos elaboran chocolates, joyas o relojes y por ello
los japoneses y coreanos compran minerales para luego
transformarlos en electrodomésticos y automóviles.
Si embargo estos países y todos los países industrializados
entendieron también que la gran riqueza no esta sólo en la
elaboración de productos genéricos sino más bien en la
creación de marcas cuyo reconocimiento en términos de calidad
les permitiera expandirse por todo el mundo.
Así es, detrás de nuestra entrañable cocina criolla, de nuestras
pollerias, de los chifitas de barrio, de la cocina novo andina,
de las picanterías arequipeñas, de los anticuchos, de los sanguches,
de la cocina nikkei o de las cebicherias, existen oportunidades
inmensas de crear conceptos que trasciendan su ámbito local para
convertirse en productos, productos peruanos de exportación que
no sólo aspiren a codearse con conceptos ya instalados globalmente
como pizzerías, hamburgueserías, sushi bares o taquerias mejicanas,
sino que además generen al Perú enormes beneficios tanto
económicos como de marca país.